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Universidad Francisco Marroquín
 

Francesco Borromini, Iglesia de Sant’Ivo alla Sapienza, Roma, 1642-1660

21 de October del 2015 por Julián González Gómez


Juzgado como un extravío de excesos por los ilustrados del siglo XVIII, el barroco sin embargo ha sido un movimiento que ha dejado en la historia algunos de los más grandes logros de la arquitectura. Todavía hoy persiste la costumbre de llamar “barroca” a cualquier cosa que se juzgue excesiva y plagada de elementos accesorios, sin saber que este apelativo se usa únicamente por el desconocimiento de lo que era realmente el barroco. No confundamos los términos por favor y aunque efectivamente una de las facetas de ciertas manifestaciones de este arte se caracteriza por la profusión de la decoración y el abigarramiento, en realidad los artistas del barroco- no todos- utilizaron esta característica con fines más bien expresivos y didácticos, ya que su función primordial era de alguna forma excitar los sentidos, sobre todo la vista. ¿Para qué hacían esto? sencillamente para conmover al espectador, para sacudirle internamente, porque el barroco era ante todo un arte predominantemente emocional, aunque nunca dejó de lado el factor racional como hicieron posteriormente los románticos. El barroco era también, entre otras cosas, un arte al servicio de la propaganda de la fe y del poder absolutista. Se inició después del Concilio de Trento, el que por su afán de contrarrestar la reforma, emitió dictámenes específicos que normaban el contenido ideológico de las obras de arte, las cuales se consideraron como un medio idóneo para propagar la doctrina de la iglesia.

Las ideas que proliferaron en el barroco eran entonces el resultado de la crisis del siglo XVI que dividió Europa en dos partes que nunca se reconciliarían. Por ello el siglo siguiente, el XVII, estuvo marcado por esta división y por los intentos de la iglesia católica de mantener sus prerrogativas, dejando atrás los ideales humanistas y abstractos del renacimiento. Como contraparte, durante esa época se inició lo que posteriormente se conocería como la Revolución Científica, de la mano de personajes como Descartes, Leibnitz, Newton y otros más, cuyos frutos se cosecharían en el siglo XVIII, el siglo de la Ilustración.

Dentro de la arquitectura, el barroco se expresó de la mano de grandes creadores que abrieron el campo de una nueva sensibilidad en la que se incorporó como elemento más importante el dinamismo espacial. Este dinamismo encontró en Francesco Borromini a su más destacado exponente durante el siglo XVII, cuyo legado se extendería hasta mucho después de su muerte, con una serie de continuadores que, inspirados por su obra, desarrollaron esta especial faceta en los edificios que crearon. El dinamismo espacial de Borromini se puede advertir en las ondulaciones a las que sometía las columnas y los entablamentos, a las fugas que se proyectaban hacia las verticales también ondulantes de sus cúpulas, también en la movilidad de las articulaciones y sobre todo a la complejidad de las relaciones entre espacios los cuales necesitaban recorrerse de un extremo a otro para entender su geometría tridimensional. Borromini nunca se apartó del uso de los órdenes clásicos, pero los sometió a una nueva disciplina en la cual el dinamismo de los espacios alabeados demarcó su disposición y por ende, su relación con el ocupante que los contempla, asombrado ante este nuevo orden de los elementos conjugados en una nueva geometría que se distancia del clasicismo renacentista.

La pequeña iglesia de Sant’Ivo alla Sapienza se ubica en uno de los costados del patio central de la universidad romana de La Sapienza, de ahí su nombre. Está dedicada a san Ivo, santo patrono de los juristas, ya que la disciplina de las leyes, sobre todo las leyes eclesiásticas, era la especialidad de esta universidad que era punta de lanza de la contrarreforma romana. Al parecer fue un encargo hecho por la familia Chigi, patriarcas romanos dentro de los cuales hubo varios papas. El edificio de la universidad ya existía, por lo que Borromini tuvo que adaptar su diseño a las condiciones predeterminadas por la geometría del edificio y su patio. La portada consiste en una continuación de la arcada del patio, pero en ella los arcos se han cegado y dentro de cada uno de ellos se ha abierto una ventana más pequeña, aunque de igual forma, excepto donde está la puerta y la ventana superior a ella, que ocupan todo el arco. Todos los arcos están separados por pilastras, en la planta baja de orden toscano y en la planta alta jónico. El conjunto remata con una especie de ático apilastrado con pequeñas ventanas ovaladas. La característica más notable de esta portada es que Borromini la diseñó de forma cóncava, siendo ésta una característica que repitió en otros edificios.

Al entrar en la nave es donde podemos apreciar todas las cualidades de un espacio dinámico de forma que parece circular, inscrito dentro de un rectángulo. Este espacio sigue una rigurosa geometría basada en un hexágono estrellado, compuesto por dos triángulos equiláteros que determinan el cerramiento y las fugas espaciales que hay en cada una de sus aristas. Tres de ellas rematan en medios círculos cóncavos y las otras tres en círculos iguales, pero convexos. Esto hace que el espacio avance y retroceda según se va recorriendo en un movimiento continuo. Cada una de las facetas de los paramentos resultantes están articuladas por grandes pilastras de orden corintio y en la parte superior se encuentra el entablamento en la misma disposición. La altura de la nave abarca tres plantas, siendo la superior una especie de tambor que sostiene la cúpula.

La cúpula sigue también los movimientos cóncavos y convexos que hay en la nave. En el arranque de cada uno de los plementos se encuentran ventanas de dos formas distintas, lo cual agrega más variedad al conjunto. Como la cúpula parece gallonada, donde se encuentra cada arista en el entablamento, ésta continúa desplazándose por la curvatura hasta llegar al remate, donde hay un anillo plano. Gracias a las ventanas, la cúpula tiene una magnífica iluminación que se extiende sutilmente hasta la nave de abajo. Como remate se encuentra una linterna cuya volumetría también tiene una combinación de elementos cóncavos y convexos. En la parte superior se encuentra una aguja de forma helicoidal, la cual es uno de los elementos más característicos de esta pequeña iglesia.

Borromini se basó para su diseño en una geometría racional a la que explotó sus cualidades espaciales hasta sus últimas consecuencias, logrando un dinamismo centrado en sí mismo, que se expresa sobre todo en la concepción del espacio interior. La decoración en todas sus partes es orgánica y no se encuentra ningún asomo del abigarramiento y los excesos que un siglo después criticaron los ilustrados. Esta obra maestra es pues un alegato en contra de quienes han juzgado negativamente al barroco, atendiendo únicamente los aspectos más vanos y superficiales.