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Universidad Francisco Marroquín
 

Basílica de Santa Sofía, Estambul, Turquía, 532-537 d.C.

21 de October del 2015 por Julián González Gómez


Hasta el advenimiento de la edad moderna, los principales edificios que se erigieron por parte de las distintas civilizaciones antiguas fueron los templos, cualesquiera que estos fuesen. Dedicados a diversos dioses como ejes alrededor de los cuales se desarrolló la cultura, los templos no sólo estaban diseñados con la mayor atención respecto a sus características arquitectónicas, sino también se construyeron con gran dedicación y con los mejores materiales de que se disponía. En buena parte es por ello que muchos de estos edificios han persistido hasta la actualidad relativamente bien conservados y los que no han perdurado ha sido a causa de desastres naturales o por guerras.

Dentro de los templos antiguos, en especial los dedicados al culto cristiano, destaca sobre la mayoría la basílica de Santa Sofía, emplazada en la antigua ciudad de Constantinopla, hoy llamada Estambul. Su nombre proviene de su consagración a la Santa Sabiduría (en griego Sophia) y no como se cree comúnmente a la santa de ese nombre, así que este templo estaba dedicado a la Divina o Santa Sabiduría de Dios. Su construcción fue ordenada por el emperador Justiniano en el año 532 después de la destrucción de la anterior basílica, que había sido erigida por Teodosio II poco más de cien años antes. Justiniano aprovechó esta situación para erigir el que él consideraría el más majestuoso templo de la cristiandad, por lo cual no escatimó en recursos, procurándose los mejores constructores y los mejores materiales de todo el imperio. Llamó a un destacado arquitecto, Isidoro de Mileto y a un matemático de gran fama, Artemio de Tralles para crear el proyecto que debía ser majestuoso y monumental.

Los arquitectos trazaron una planta que superaba los más importantes conceptos espaciales que los bizantinos habían desarrollado hasta ese entonces, con la predominancia de un esquema centralizado en el cual una gran cúpula se manifestaba como el centro de todo el planteamiento espacial. Si observamos la planta del edificio podemos ver que la espacialidad surge desde este centro y se va ampliando hacia afuera en la dirección del eje rector, estableciendo un patrón de carácter mixto, que es a la vez centralizado y longitudinal, expresado por medio de una nave única y dejando de lado la solución tradicional que empleaban los bizantinos, consistente únicamente en una planta de forma basilical donde la nave central era rectangular y cubierta por una techumbre. Hacia afuera de este núcleo se desarrollan diversos espacios aledaños supeditados a él. El cerramiento es rectangular y al final todo el conjunto efectivamente se convierte en una planta basilical, con su nave central cupulada, sus naves aledañas muy articuladas, un nártex doble y un ábside semicircular. El patrón finalmente cumplía con los requerimientos de un planteamiento centralizado que era propio de las iglesias imperiales y una solución espacial longitudinal, que era más propicia para las ceremonias sagradas. Este diseño planteó grandes problemas estructurales que los arquitectos supieron resolver con brillantez.

Los empujes que generaría la cúpula de 32 metros de diámetro y los problemas que de ellos se derivaban quedarían solucionados por medio de un planteamiento estructural también de carácter mixto. Por un lado, sobre el eje principal, los empujes de la cúpula serían contrarrestados por medio de los empujes opuestos y dinámicos de dos medias cúpulas ubicadas a ambos lados, quedando así la estructura en equilibrio. En el otro sentido se diseñaron cuatro gigantescos contrafuertes que con su masa compensarían estáticamente los empujes. Cuatro grandes arcos conformarían la estructura central, que sostiene a la cúpula y sus pechinas, elevándola hasta una altura de más de 50 metros en su interior.

El resultado es un espacio que tiene la característica de que se va acelerando direccionalmente desde el centro, ensanchándose y dilatándose en el sentido de los ejes principales del edificio. Interiormente se asemeja a la parte interna de una gran concha muy articulada, que da la impresión de que se está inflando desde dentro hacia afuera. Por su espacialidad y su estructura, Santa Sofía fue un edificio totalmente innovador que no sólo rompió con las tradiciones constructivas antiguas, sino que las superó con creces.

La construcción duró apenas unos cinco años y según refieren las crónicas bizantinas, en ella trabajaron diez mil albañiles y obreros. Los materiales, todos de la mayor calidad, fueron traídos de todos los confines del imperio, incluyendo pórfido de Egipto, mármol verde de Tesalia, piedra arenisca de Siria y las columnas del antiguo templo de Artemisa en Éfeso. Los interiores fueron decorados con exquisitos mosaicos, generando gracias a sus reflejos de la luz un ambiente místico e hipnótico, propicio para entrar en contacto con la divinidad. Se dice que cuando Justiniano inauguró con gran pompa la nueva basílica el 27 de diciembre del año 537 exclamó con inefable soberbia: “¡Salomón, te he superado!”

Un terremoto en el año 557 hizo que se derrumbara la cúpula, por lo cual fue necesario llamar para su reparación a Isidoro el joven, sobrino de Isidoro de Mileto, quien para ese entonces ya había muerto. Isidoro el joven construyó una cúpula más liviana e incrementó ligeramente su altura.

Santa Sofía funcionó durante el resto de la historia del imperio bizantino como la iglesia áulica por excelencia, siendo a la vez modelo y paradigma para la construcción de otras grandes basílicas. Cuando Constantinopla fue conquistada por los turcos otomanos en el año de 1453, el templo fue convertido en mezquita, cubriendo con estucos los mosaicos del interior y agregándole cuatro altos minaretes, que perviven hasta la actualidad. En 1931 la mezquita fue clausurada al público y en 1935 fue convertida en museo, siendo actualmente una de las mayores atracciones históricas de la ciudad de Estambul.